Cuando se acerca el cambio del verano al otoño o del invierno a la primavera se abren rendijas entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Se siente en la piel su presencia que trae el viento del norte, son momentos diferentes para ver el mundo, sus lugares, sus gentes:
En la infancia tuve una amiga que vivía en una casa grande y vieja. Los cuartos, la cocina y la sala, estaban divididos en dos alas por el pasillo que cruzaba desde la puerta de entrada, hasta el patio; era ahí donde nos gustaba jugar. Recuerdo que los colores predominantes, eran el de la tierra roja, que formaba una explanada al fondo y el del árbol de chabacanos, grande y verde, ofreciendo sombra y frescura.
Lo recuerdo ahora como un sueño, como un lugar mágico, de esos que son medio tenebrosos y acogedores.
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Saludos desde Porto, Portugal
Vitor